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martes, 1 de abril de 2014

4 domingo de cuaresma – 2014

4 domingo de cuaresma – 2014

“Jesús vio pasar a un ciego de nacimiento”. Hoy se da un encuentro muy especial: Uno que ve demasiado con otro que no ve nada porque es ciego de nacimiento. Llegamos a este domingo cuarto de cuaresma siguiendo a Jesús de las tentaciones del desierto al monte de la transfiguración, de éste al pozo de Jacob con la Samaritana  y ahora a las inmediaciones del Templo con un hombre que no puede ver.

Hay hombres que no pueden ver, hay otros que no quieren ver, hay muchísimos que creen ver, hay todavía muchos que no dejan ver. ¿A qué grupo pertenecemos? Acostumbramos a buscar responsables: ¿Quién pecó éste o sus padres para que haya nacido así? Es la pregunta lógica de quienes creen que la enfermedad es consecuencia del pecado.

Pablo escribe a los efesios: “En otro tiempo ustedes eran tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan, por tanto, como hijos de la luz”. El salmo 27 canta: “El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré...? Mis enemigos y adversarios tropiezan y caen... Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me acogerá” (Sal 27,1s.10).

Juan nos da una catequesis bautismal comunitaria. El milagro es una iluminación y una nueva creación; comienza con el barro y el lavatorio ordenado por Jesús. La ceguera no era un castigo por pecado alguno; va a servir de ocasión para revelar la obra y la gloria de Dios. Jesús respalda sus palabras con sus acciones: es luz y vida que ilumina y resucita.

El ciego se lava según el mandato de Jesús y queda transformado, los vecinos que lo conocían bien tienen dificultad en reconocerlo. Cuando el ciego habla, lo hace como Jesús, diciendo “soy yo”. Al lavarse, había quedado transformado en Jesús, y ya no vive o habla él, sino que Jesús vive y habla por él.

Va descubriendo quién es Jesús a lo largo del diálogo: “Ese hombre que se llama Jesús” viene de parte de Dios, aunque los fariseos lo nieguen. El ciego lo confiesa como profeta; luego, al reconocerlo como Mesías, es expulsado de la sinagoga. El ciego se aferra a su experiencia: “antes era ciego y ahora veo”.

¿Cuándo y cómo empezamos a ver nosotros? ¿Cómo se dio ese encuentro luminoso con Jesús? ¿Qué nos queda de él? ¿Qué éramos antes y qué somos ahora? Recuerden: Cuando Dios se hace presente se suscitan preguntas, no respuestas. Es la dinámica de la fe y el amor, de la conversión y de la vida nueva.

Habrá que favorecer un encuentro urgente y permanente con Jesús. Juan pone en movimiento en torno al ciego de nacimiento a los apóstoles, a fariseos, a vecinos y a los papás del ciego en un interesante ir y venir para terminar con toda ceguera: “Yo Soy el que estás viendo”. Juan nos presenta a Jesús como luz del mundo en evangelio perfectamente estructurado en siete pequeñas escenas y grupos para terminar con el encuentro definitivo de la fe.

Jesús está atento a nuestro caminar. Si vamos ciegos, nos da la luz; si nos ve débiles, nos abre las puertas de su Espíritu; si vamos sedientos, se nos presenta como el agua que se convierte para nosotros en un manantial de agua viva; si caemos, nos levanta; si morimos, nos resucita. “Ver para creer”, decimos con frecuencia y está bien; ahora añadimos “creer para ver” de verdad.

P. Sergio García Guerrero, MSpS.

3 domingo de cuaresma - 2014

3 domingo de cuaresma - 2014

El evangelio de este domingo, viene precedido por la gran pregunta que se hizo el Pueblo de Israel en el desierto: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros? Elías profeta, la retomará con más fuerza y en vista a una opción fundamental: ¿Está o no está Dios con nosotros? La respuesta creyente es simple: ¡Claro que está! La siguiente pregunta es la clave de esta afirmación: ¿Y entonces, por qué no se nota? ¿Por qué coexisten la injusticia y la verdad, el vacío de los templos  y las comunidades indígenas comprometidas con su fe, los rápidamente ricos y los profundamente pobres, el grito evangelizador y la denuncia de los medios?

Olvidamos que el mismo Jesús contempló la escena de su Iglesia como un inmenso campo de trigo y de cizaña. La Samaritana es trigo limpio repleta de amores: “has tenido cinco, el que tienes ahora tampoco es el amor de tu vida, el siguiente será tu verdadero amor”. “Yo soy el que te está hablando”. Hagamos lo que hagamos siempre estaremos mucho más acá del ideal proclamado por Jesús. Y Jesús proclama como buena noticia: “los últimos serán primeros y los primeros serán últimos”. Ese es el proyecto del Reino y para eso envió el Padre a su Hijo Jesús. Con la Samaritana también se vivió esta verdad proclamada por Jesús.

Suponemos que nuestros hermanos que han dejado a la Iglesia no han tenido problemas con Jesús, la dificultad la encuentran en la Iglesia que, habiendo optado por Jesús y su mensaje, hemos hecho de ella una Iglesia desprestigiada, pecadora y con palabra incierta.

Parece darse una disyuntiva: o un Jesús sin Iglesia o una Iglesia sin Jesús. Y son inseparables, no se entienden separados en el corazón del creyente, repite constantemente el Papa Francisco.

José Antonio Pagola dice que hay que volver al Jesús del evangelio; Armando Fuentes Aguirre, Catón, dice que no se vale ser fanáticos; el Papa Francisco se definió a sí mismo como pecador y como Pastor con aroma de oveja; yo contemplo la multitud de mis deficiencias y recuerdo la antigua palabra de san Agustín: “La Iglesia es santa y pecadora”.

No quiero contemplar a la Iglesia sino con amor de hijo. Mi madre, que murió casi de 100 años, estaba muy chiquita, arrugadita y venida a menos. Jamás se me ocurrió cambiar de mamá. A muchos católicos, sí. Sólo digo que se vale opinar, pero no desde la ignorancia; que se vale tirar piedras, pero sólo si no se tienen pecados; que llevamos un gran tesoro, pero en vasijas de barro; que la Iglesia está en crisis, pero para volver continuamente al Jesús del evangelio.

En el evangelio se da el encuentro de la Samaritana y Jesús. Es el encuentro de dos que tienen sed: una de amor, el otro de agua; una de verdad, el otro de revelarse; una de adorar, el otro de evangelizar.

Después de este encuentro, habrá que poner a la Samaritana al frente del gran grupo de nuevos evangelizadores: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo? Y después le dirán: “Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo”.

Por eso también gritamos: “¡Dame de beber!”

P. Sergio García Guerrero, MSpS

sábado, 1 de marzo de 2014

8 domingo del tiempo ordinario


“El amor de una mamá no lo tiene nadie”; bueno, alguien rebasa al amor maternal: ¡Dios! Dios que es la fuente de todo amor porque es amor: “Yo nunca me olvidaré de ti”. Bastaría recordar y vivir esta palabra del profeta Isaías  para que se cayeran todos los traumas que se han ido incrustando a lo largo de nuestra vida.

Pero hay más: “Miren las aves del cielo… el Padre celestial las alimenta”. ¿Lo has visto? No, ¿verdad? Es que el Padre celestial nos tiene a nosotros para alimentar las aves del cielo, para repartir el pan de la vida, para abrazar al hermano con verdad, para servir a un solo Señor, para no preocuparnos por el día de mañana, porque a cada día le bastan sus propios problemas”.

Ese dualismo que nos ha hecho tanto daño: Dios y nosotros. La solución es Dios en nosotros y nosotros en Dios, siendo uno. Así nosotros somos, en el aquí y ahora de nuestra vida, la providencia, la ternura, el perdón, la salvación de Dios. Tú tomas un bolígrafo y escribes una carta. Toda la carta es tuya y toda la carta es del bolígrafo: sólo, no podría escribir ni una letra; solos, nosotros tampoco; pero juntos podemos escribir una maravillosa carta de amor.

Es cierto que en nuestra relación con Dios hay un tú: tú y Dios; él es el Creador, nosotros sus creaturas. Esto es maravilloso porque es al único Señor que podemos servir de verdad. El Salmista canta: “Sólo en Dios he puesto mi confianza”. Pero lo maravilloso es que Dios ha puesto su confianza en nosotros. Me cuesta mucho aceptar que para que la Iglesia reconozca la santidad de una persona tiene qué producirse un milagro por su intercesión. ¿Qué más milagro que el testimonio de una vida según el evangelio? ¡Qué fuerza de convencimiento tiene el amor de una Mamá por sus hijos! Es más que la curación de algo medicamente imposible. “Esta generación, dijo Jesús, pide un milagro y no se les dará otro que el de Jonás”.   Pero, creo que me desvío del tema, vuelvo al evangelio.

Últimamente ha surgido una ingeniosa respuesta frente a la situación conflictiva de la juventud y, en general, de la sociedad: “preocúpate no, ocúpate si”. Sí, a veces la preocupación es fuente de angustias y de pasividades, mientras que el ocuparse trae consigo una serie de respuestas, compromisos con imaginación y eficacia. Este evangelio no es el evangelio de la despreocupación sin más, es el evangelio de la coherente relación con Dios, con la naturaleza, con nosotros mismos. Confiar en Dios, asegurarnos que cada día tiene su propio afán, nos lleva a un sano comportamiento interior y al ejercicio eficaz de la lucha por la vida.

Somos administradores, nos dice san Pablo, y lo que se nos pide es la fidelidad no la preocupación por el qué dirán. Sí, la fe es confiar en Dios y también estar seguros que Dios confía en nosotros.


P. Sergio García Guerrero, MSpS.

martes, 25 de febrero de 2014

Reflexion Dominical

¡Las cosas son felices! Yo sostengo que las cosas son felices en la medida que se usan para lo que fueron hechas. “Te quiero tanto como a mis zapatos viejos”, decimos al dejar los nuevos. Las cosas son felices en nosotros, en la medida en que somos la conciencia de la naturaleza. Hace un tiempo en una tumba egipcia se encontraron unas semillas de trigo en una cazuelita de barro. Estaban intactas, no habían sido sembradas. Al hacerlo, inmediatamente salieron las espigas: esas semillas hasta entonces, después de muchos siglos, se realizaron, fueron felices.

El hombre es la conciencia  amorosa de las cosas. Las utilizamos para lo que son o las tomamos para la destrucción. Depende de nosotros. El evangelio de hoy es como un espejo. Dice Jesús: “Amen a sus enemigos, busquen el bien de quienes los odian, rueguen por los que los persiguen, sean hijos del Padre celestial que hace salir el sol sobre buenos y malos… sean perfectos como el Padre celestial es perfecto”.

Así, como imagen de Dios, como impronta de su ser, como espejo sencillo, reflejamos al Padre. ¿De qué le serviría a un espejo tener un marco de oro y diamantes, de piedras preciosas, y engarzado en madera fina, si nadie se refleja en él? Estoy seguro que protestaría: “quítenme todo esto, pero que alguien se refleje en mí”.

O, más bien, el espejo en el que nos podemos ver nosotros es el mismo Dios Padre. Nos ponemos frente a él y descubrimos todo lo que nos falta para ser su imagen. Ya San Ignacio de Antioquía reflexionaba: “Cuando los paganos escuchan el evangelio quedan asombrados por palabras tan sublimes, pero cuando ven la conducta y comportamiento de los cristianos y de las comunidades y se dan cuenta que no solamente no se aman, sino que se critican y odian, hacemos que el nombre de Dios sea blasfemado”. Y San Juan escribió: “¿Cómo dices que amas a Dios a quien no ves y no amas a tu hermano a quien ves?

Este evangelio nos da la verdadera dimensión del mensaje de Jesús, su verdadera novedad: “si sólo aman a los que los aman ¿qué hacen de extraordinario? Sean perfectamente misericordiosos como el Padre. Como lo vivió Jesús aunque le costó dar la vida.

“Los cielos proclaman la gloria de Dios”. Las cosas son felices en la medida que realizan aquello para lo que fueron hechas. El hombre, conciencia de las cosas, es feliz si al mirarse en el espejo del Padre descubre su verdadera fisonomía.

San Palo afirma: ¿no saben ustedes que son el templo de Dios? Y más adelante: “… todo es de ustedes, ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios”. Cuando nos identificamos o transformamos en Jesús, entonces podemos reflejar la verdadera imagen del Padre.


Me atrevo a proponer ampliar el conocimiento, estudio y amor por “la historia de la salvación” y adentrarnos más en “la historia desde la creación”, hecha con sabiduría y amor.

P. Sergio García Guerrero, MSpS.